Matar el tiempo

Estoy sentada en el metro con un tupper en el bolso. A mi lado hay una quinceañera con el pelo teñido y un piercing en el labio. Lleva muchas capas de ropa y una bolsa de tela desgastada. Parece estar aburrida. Lima las uñas meticulosamente.

Quiero dormir y no lo consigo.

Tiempo muerto. En eso pienso cuando no consigo dormir. Matar el tiempo es igual a hacer algo sin importancia. Es hacer algo para no tener la sensación que estás esperando: matar el tiempo es mejor que esperar. Al mismo tiempo es peor, porque matando el tiempo empiezas a hacer cosas sin sentido para no tener aspecto de alguien esperando.

Matar el tiempo es igual que despreciar la espera. Limar, moverse de un lado a otro, fumar. Si no hay enemigos visibles matamos al tiempo. Marco un ritmo con los dedos en la pierna. El hombre en frente hojea rápidamente un periódico gratuito.

Todo el mundo mata el tiempo, pero nadie mata al tiempo. El tiempo no tiene ganas de morirse.

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A medias

Era un bar pequeño. Uno de esos en los que cuando entras tienes que cerrar los ojos, porque de lo contrario, la transición de la luz a la oscuridad es demasiado fuerte. Sabía cómo iba a oler por dentro: a muebles viejos y ventanas polvorientas. A buhardilla.

Las cortinas, del mismo color que los armarios, estaban cerradas a medias. Eso me daba la impresión de que el bar estaba cerrado, o que tenía una dueña tan vieja que, para ahorrar energía, todo lo hacía a medias.

Me imaginaba cómo sería una vida así. Era una idea extraña, pero no pude quitarme de la cabeza a la mujer: Esa anciana que después de haber menguado hasta la mitad de su estatura, pasaba la aspiradora sólo por media alfombra, después de haber tomado sólo media taza de café.

Quería tocar el timbre, pero tenía miedo de que mi enteridad pudiera interrumpir la calma del bar.  Me imaginaba a la dueña gesticulando mucho con sus mini-manos  mientras hablaba. Tendría los pies pequeños. Pequeños pies en pequeños zapatos, y caminaría de manera dudosa. Como si quisiera bailar, pero se quedara estancada a mitad de camino.

Me daba vergüenza, incluso antes de entrar. No quería que la evidencia de mi cuerpo dejara que su mundo pareciera fuera de proporción. Sin embargo, tenía curiosidad. Suavemente toqué la puerta.

Silencio.

Ni siquiera unas zapatillas arrastrándose.

Decepcionado me dí la vuelta. En mi cabeza seguía la imagen de aquella mujer a medias que por poco no llegaba a la manija de la puerta.

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Bici

Me despierto sobresaltada.  Creo haber oído el sonido de unas cadenas de las que se usan para amarrar bicicletas. Luego me doy cuenta: no hay bicis aquí, y, ciertamente, no hay ningún portabicicletas en el quinto piso de un apartamento en Madrid.

El sonido me lleva de vuelta a Ámsterdam, al barrio indio. Vivo en un primer piso, entre un gimnasio turco y la casa de un traficante. Estoy en la cama. Llega tarde otra vez. Casi me he dormido cuando oigo el sonido de una bici que aparca. Me levanto y camino descalza hasta el botón que abre la puerta de la calle. Sus mejillas están frías.

Con mi traslado a Madrid también se me han olvidado muchos sonidos. El sonido de las cadenas de rodillos, el tranvía chirriando, la pronunciación correcta de mi apellido.

Quiero dormirme otra vez. Y soñar que voy a la ventanilla de ´sonidos perdidos´.

´¿Tiene usted el sonido de una bici que está siendo encadenada a un portabicicletas?´.

A ver que me dicen.

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El revisor

BERLIN  – El revisor en el tren a Berlín tiene una cara tan delgada que hasta su piel le parece quedar grande.

Viene hacia mí con paso firme, decidido a atrapar a un pasajero sin billete. Lleva la máquina para agujerear billetes pegada al vientre, como un arma, y así va lentamente por el tren, mirando hacia atrás de vez en cuando para ver si no olvidó algún viajero por el camino.

Mi revisor tiene bigote. Un revisor sin bigote no es un buen revisor.  En eso pienso, mientras el hombre se acerca poco a poco. Leo en su mirada decepcionada que hasta ahora todos los viajeros en el vagón han tenido billete.

De repente está al lado de mi asiento. A pesar de que le estaba vigilando todo el rato, la velocidad con la que ha recorrido los últimos metros me ha sorprendido.

´Su billete´,  dice. Su bigote se mueve mientras habla y la piel de sus mejillas tiembla un poco. Además tiene un pendiente pequeño en su oreja derecha.

Para no decepcionarle inmediatamente hago como si buscara en mi bolso. Un brillo aparece en sus ojos: casi había abandonado por completo la esperanza y ahora resulta que todavía puede poner una multa a alguien. Aparto el pelo de la cara y sonrío de manera nerviosa.

Entonces aparece mi billete. El bigote del revisor cae y es casi como si su máquina se le fuera a caer de las manos. Es como si menguara, como si se se redujera a una versión todavía más pequeña y flaca de sí mismo.

Con un pequeño escalofrío se encoge de hombros. La decepción de no poder ponerme una multa le ha derrotado de tal manera que sigue su camino sin perforarme el billete.

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Suicidio

Hay alguien en el puente. Un policía habla con él. Hay un grupo de personas mirándole, algunas graban la escena con su teléfono móvil. La policía ha parado el tráfico en la carretera bajo el puente. Allí también hay un grupo de gente que se ha detenido, la mirada fija en el hombre: ¿saltará o no saltará?

El hombre que está a punto de suicidarse se parece a un hombre normal y corriente, y desde lejos parece que está teniendo una conversación rutinaria con un policía. Pero el hombre normal y corriente se encuentra en un puente. Si saltase, mucha gente sería testigo de su muerte. Me pregunto si lo habría pensado antes, mientras subía por la lámina de cristal diseñada para evitar los posibles suicidios. Tal vez no había contado con el policía que ahora le grita desde detrás del cristal - algo como que la muerte no resuelve nada, que debería pensar en sus hijos. Tal vez sí.

Mientras tanto, algunos espectadores se van – tienen otras cosas que hacer – y un nuevo público se acerca. Me pregunto quién va mirar al otro lado, si el hombre salta, y quién se verá unas horas más tarde contando la sangrienta historia en el bar, o susurrándola con sus vecinos.

El hombre no salta. Tal vez piensa que el policía tiene razón, sufre de vértigo,o simplemente no tiene ganas. El grupo que ha estado observando todo este tiempo se disuelve con la misma rapidez con la que se había formado. Hay un suspiro de alivio. Sin embargo, el final feliz causa una especie de decepción en la multitud. Por un momento todos olvidaron a dónde se estaban dirigiendo. Estaban a mitad de camino, no habían cogido sus teléfonos y habían aguantado la respiración. El tiempo se había parado un momento y la muerte había sido tangible.

Sin suicidio el día volvió a ser como cualquier domingo.

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Caerse

Muy cerca de Príncipe Pío hay una carretera que va hacia arriba. Por la noche – y desde lejos – parece un camino a un país de nadie.

En el lado izquierdo de la carretera hay un edificio alto que está poco iluminado, a la derecha algo que parece una torre de palacio, pero en formato muñeca. La carretera está oscura y los coches suben rápidamente, pero desde abajo parecen pequeños teleféricos llenos de gente pequeña.

Donde termina la carretera comienza el fin del mundo, estoy segura. Y nunca me atrevo a estar parada demasiado tiempo. Tengo miedo de que si me concentro, oiré el ruido de los coches que se caen por el borde.

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Miedo

Tengo un miedo natural a todo lo que lleva uniforme. No respeto. Miedo. Todo lo que me vigila y encima lleva traje me hace sentir como si hubiera hecho algo malo. Aunque no he hecho nada malo y muy en el fondo lo sé perfectamente. Es como si los uniformes me miraran y me impusieran una actitud criminal.

Lo peor es la vigilancia con perros en el metro. Ya no es sólo un uniforme que me mira, es un uniforme con perro. Entonces me miran los dos. Yo intento caminar de manera casual, pongo la cara más neutra que tengo. Haciendo eso me convierto en muy sospechosa.

Fíjate que las únicas veces que no tuve miedo de los vigilantes fue cuando robaba manzanas en el supermercado. Las manzanas en mi bolso, una mirada segura. Siempre pasaba la seguridad. Nunca nadie me preguntó nada.

Eso me hace sospechar que el mundo de la vigilancia funciona al revés. Para confundirnos. Algún día me detendrán por un crimen que no he cometido.

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